En el corazón del Centro Histórico, la historia esconde secretos fascinantes como la de antiguas momias prehispánicas de Lima. Y es que esta ciudad tiene sus raíces en un pasado milenario que a veces olvidamos.
Acompáñanos a descubrir este oscuro y apasionante episodio donde la devoción, el teatro y la política se mezclaron con la muerte.
Y recuerda que este y muchos otros lugares interesantes de Lima los podrás conocer en nuestros walkingtours culturales por el Centro de Lima de Arte Lima.
La Plazuela de San Pedro y la «Plaza de los Coloquios»
Esta tranquila plazuela se ubica frente a la imponente iglesia de San Pedro de Lima. Antiguamente, al ser un espacio abierto, tuvo múltiples y variados usos cotidianos. Por ejemplo, se empleaba habitualmente para dejar los caballos y carruajes de los fieles.
También servía para adoctrinar a niños esclavizados y a los indígenas locales. Todo esto ocurría pacíficamente sin interferir con las misas dentro del templo. Además, este lugar se utilizó muchas veces para realizar representaciones teatrales públicas. Por este peculiar y festivo motivo, fue bautizada popularmente como la Plaza de los Coloquios.

Un teatro macabro (lleno de momias) para recibir al virrey
En el virreinato, la llegada de un virrey era un acontecimiento espectacular. La ciudad entera lo celebraba con inmensa pompa y grandes fiestas públicas. Las instituciones preparaban diversos y creativos actos en honor al recién llegado.
En el año 1599, la ciudad recibió con honores al virrey Luis de Velasco. Para sorprenderlo, los hábiles jesuitas representaron un intenso drama alegórico al aire libre. La obra trataba sobre la llegada del Anticristo y el temido Juicio Final.
Sin embargo, los religiosos quisieron darle mayor veracidad y terror a la escena. Por ello, expusieron momias reales y esqueletos completos de indígenas locales. Estos antiquísimos restos fueron desenterrados de las huacas ubicadas alrededor de la ciudad. ¡Definitivamente, fue una escena de realismo crudo que superaría a cualquier película de Hollywood!
El trágico destino de los incas en el Hospital San Andrés
De vez en cuando, las momias continuaron dando mucho que hablar en la capital. Años después de esa turbadora obra teatral, llegaron restos sumamente ilustres. Se trataba de las momias de los grandes incas Pachacútec y Huayna Cápac.
Esto ocurrió bajo el estricto mandato del virrey Andrés Hurtado de Mendoza. Su recordado gobierno se desarrolló exactamente entre los años 1556 y 1560. Él deseaba profundamente extirpar la creencia de los indígenas en sus antiguos ancestros. Por consiguiente, decidió traer esos venerados mallquis (momias) directamente hacia Lima.

El célebre cronista Inca Garcilaso de la Vega relata este increíble y penoso suceso. Lo detalla maravillosamente en su libro cumbre, los famosos Comentarios Reales. Por su parte, el cronista boliviano Antonio de la Calancha aporta datos mucho más exactos.
Él refiere que las momias fueron depositadas en un corral limeño. Este lugar rústico pertenecía al antiguo Hospital de San Andrés. Allí recibieron la visita constante de muchísimos limeños, quienes llegaban curiosos y fascinados. La gente admiraba ver cuerpos humanos tan antiguos conservando una tez sorprendentemente entera.

Un descubrimiento lamentable en el siglo XIX
Lamentablemente, para el año 1580, los mallquis reales expuestos ya estaban muy maltratados. Mucho tiempo después, en 1937, el polígrafo José de la Riva-Agüero investigó el lugar. Él realizó importantes excavaciones buscando recuperar los restos sagrados de los soberanos incas.
Durante su búsqueda, algunos extrabajadores del hospital le confesaron una historia muy trágica. Le informaron que unas monjas francesas encontraron unas momias antiguas en el año 1878. Por sus extrañas vestimentas y largas cabelleras, las religiosas pensaron que eran simples «indios».
En consecuencia, sin saber su valor, las enviaron a la fosa común del Cementerio General de Lima. ¿Habrán sido esos los verdaderos restos de los poderosos y legendarios incas?
La independencia y el extraño regalo diplomático de San Martín
Llegó la ansiada independencia, y las momias seguían causando una enorme fascinación. En 1821, la capital peruana vivía revolucionada por la incesante guerra contra España. El atento viajero irlandés Basil Hall presenció de cerca todos estos decisivos eventos.
Él nos dejó un relato pormenorizado y valioso de aquella época histórica. Gracias a él reconstruimos cómo San Martín proclamó la independencia en la Plaza Mayor. No obstante, hay un suceso muy curioso que Hall también documentó con asombro.
El 13 de diciembre de 1821, visitó al libertador José de San Martín. El encuentro fue en el viejo palacio de los virreyes, actual Palacio de Gobierno. Pero el mayor interés del viajero era ver una momia expuesta dentro del recinto.
Se trataba de un hombre en cuclillas que conservaba la piel casi intacta. Junto a este individuo, se había encontrado también la momia de una mujer. Lamentablemente, parte de ella se hizo polvo al exponerse de golpe al aire libre.

La gran diáspora de nuestras momias
Esta historia tiene matices verdaderamente dignos de una intrincada novela de misterio. La mujer momificada llevaba en sus brazos a una criatura completamente entera. ¿Qué pasó con estos singulares e invaluables cuerpos prehispánicos? Los extraños rumbos que tomaron estas piezas históricas resultan realmente sorprendentes.
Primero, la momia del niño fue enviada como un exótico obsequio al museo de Buenos Aires. Sin embargo, y lamentablemente, no se sabe si logró llegar intacta a su destino final. Por otro lado, la momia del adulto enfrentó un viaje marítimo muchísimo más largo. Fue despachada hacia Inglaterra a bordo de la histórica embarcación conocida como Conway.

Curiosamente, este peculiar envío cumplió un insólito propósito político. Sirvió como el primer regalo diplomático oficial de la nueva república del Perú. Estuvo destinado ni más ni menos que para el poderoso rey Jorge IV. La joven nación peruana quería transmitir un mensaje político e intelectual muy claro. Buscaban mostrar un país que era «ancestralmente soberano y modernamente científico».
Se esperaba que la momia peruana fuera expuesta en el prestigioso Museo Británico. Sin embargo, los consejeros del rey recomendaron llevarla mejor a la Real Sociedad Anatómica. Esta extraña costumbre de exhibir momias marcó un camino irreversible en el Perú republicano. De hecho, cuando se fundó el Museo Nacional del Perú en 1826, la costumbre continuó.
Los directores decidieron colocar una momia prehispánica en cada una de sus cuatro esquinas. El siglo XIX fue trágicamente pródigo en el huaqueo de antiguos templos peruanos. Se promovió el envío masivo de fardos funerarios hacia diversos países extranjeros.

A cambio, el país recibía modernos elementos científicos que escaseaban en el territorio nacional. Es así que ocurrió una inmensa y penosa diáspora de nuestras momias por el mundo.
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Fuentes y Bibliografía
- Calancha, Antonio de la. Corónica moralizada del Orden de San Augustín en el Perú.
- Garcilaso de la Vega, Inca. Comentarios Reales de los Incas.
- Hall, Basil. Extracts from a Journal, Written on the Coasts of Chili, Peru, and Mexico, in the Years 1820, 1821, 1822.
- Riva-Agüero, José de la. Investigaciones sobre el antiguo Hospital de San Andrés y los restos incaicos.