La historia del carnaval de Lima revela cómo la ciudad cambió a lo largo del tiempo. Pasó del juego brusco en balcones y acequias a los desfiles organizados y las reinas coronadas. Evolucionó desde el desenfreno hasta el espectáculo planificado. Pero en todas sus etapas mantuvo algo esencial: la necesidad colectiva de celebrar. Te cuento aquí su interesante historia.
Y recuerda que si deseas conocer estas y otras historias mientras caminas por el Centro Histórico de Lima, solo contáctanos, que en Arte Lima tenemos experiencias llenas de historia y emoción para ti. Puedes consultar nuestras propuestas de walkingtours en Lima creadas para gente como tú.
¿Cuál es la historia de los carnavales en Lima? El carnaval de Lima fue una de las fiestas más antiguas y tradicionales de la ciudad. Los conquistadores españoles introdujeron esta celebración y, con el paso del tiempo, la población limeña la adoptó con entusiasmo. La fiesta se mezcló con costumbres locales e incluso africanas; esto se puede apreciar, por ejemplo, en el baile “El son de los diablos”, que consistía en una danza en la que los personajes recorrían las calles de Lima enmascarados, haciendo sonar sus cajones y quijadas de burro.

Pronto, el carnaval se convirtió en una de las festividades favoritas del calendario urbano. Sin embargo, desde sus primeras manifestaciones generó tensiones entre la alegría popular y las autoridades que intentaban regular los excesos. Según el historiador Rolando Rojas, en la época colonial existían dos maneras de celebrar esta fiesta: una más mesurada y elegante donde se usaba agua perfumada, organizada por el virrey y su corte en el Palacio de los Virreyes (ubicado donde hoy se encuentra el Palacio de Gobierno, en la Plaza Mayor de Lima), y otra más popular, en la que la gente de los barrios no hacía caso a norma alguna, entraba en las casas de los vecinos, mojaba, embarraba y celebraba todo acompañado de música.

Así, el carnaval de Lima no solo fue una fiesta: también fue un espacio donde la sociedad limeña expresó su energía, su creatividad y, muchas veces, su descontrol.
Juegos de agua y desorden
Durante el siglo XIX, el carnaval de Lima alcanzó niveles de intensidad que escandalizaron a varios cronistas. Manuel Atanasio Fuentes nos permite conocer algunas costumbres poco decorosas en la historia del carnaval de Lima. Él lo describió como una fiesta bárbara. Recordaba que, días antes del carnaval, las autoridades publicaban un bando que prohibía arrojar agua desde los balcones. Nadie obedecía.
Las calles se llenaban de personas con los rostros pintados. Desde los balcones caían verdaderas “cataratas” de agua. Otros lanzaban potentes chorros con enormes jeringas de lata, práctica conocida como “jeringatorio”. También arrojaban “proyecciones”: cascarones de huevo rellenos con agua perfumada o harina.

Algunas mujeres, reunidas en grupo, lanzaban a los hombres a las acequias públicas. Algunas veces me pregunto por qué existía ese deseo de jugar con agua en los carnavales de Lima, a diferencia del carnaval europeo; quizás se deba a que aquí esta celebración coincide con uno de los meses, si no el más, calurosos del año. El hecho es que, durante tres días, el carnaval de Lima rompía las normas sociales y convertía la ciudad en un escenario de desenfreno. Por ello, un cronista de la revista Mundial escribía el 10 de marzo de 1922 que “era bárbaro, salvaje, inculto, antiestético y hasta dañino”.

Después de esos tres días de locura, llegaba el contraste: el Miércoles de Ceniza, cuando los participantes acudían a la iglesia y pedían perdón por los excesos cometidos. Y empezaba entonces la Cuaresma, los cuarenta días antes de la Pascua, época en la que se prohibía el consumo de carne (carnaval significaría “despedida de la carne”) y se practicaba la abstinencia.
Esta situación tenía que cambiar, por lo que el 12 de enero de 1922 el periodista Benjamín Romero, desde su columna en el diario El Comercio, lanzó la primera idea de realizar cambios en las celebraciones del carnaval y crear actividades más tranquilas. Al día siguiente, los estudiantes de la “Federación Guadalupana” se hicieron eco de la iniciativa. Los diarios de Lima también impulsaron la propuesta y, así, el día 15 del mismo mes, la iniciativa llegó a la Municipalidad de Lima, donde el alcalde de la ciudad, Pedro José Rada y Gamio, junto con algunos concejales, pusieron los recursos necesarios para concretar el anhelo. Crearon una comisión a cargo del señor Oddone Razzeto para organizar las nuevas fiestas de carnaval.

Todo se hizo en poco tiempo, al menos en un mes, y se tomó como referencia las fiestas de carnaval que se celebraban en La Punta (Callao) desde 1917, donde el alcalde, Luis N. Larco, tuvo la iniciativa de crear una fiesta “bella y culta”, modelo que luego se adaptó en la capital y en otros balnearios.
¿Cómo se celebraban los carnavales en los años 20? Con el inicio del siglo XX, las autoridades impulsaron cambios importantes. Durante el gobierno del presidente Augusto B. Leguía, el carnaval de Lima dejó atrás su imagen violenta y se consolidó como una verdadera institución urbana.

Se cambiaron las batallas de frijoles y garbanzos dañinos por las “batallas de flores”, hermosas y alegres, donde las flores, al cruzarse por el aire, parecían saludarse, portadoras de secretos amorosos y sentimentales. Se hizo común elegir a las reinas del carnaval. Las comparsas y los carros alegóricos comenzaron a desfilar por las avenidas principales, cuidadosamente decoradas. La celebración adquirió un carácter más organizado y espectacular. Las personas se vistieron con trajes de época y organizaron mascaradas. La fiesta ya no giraba en torno al descontrol, sino al espectáculo y la elegancia.

Un periodista anónimo de Mundial escribió, de manera bastante despectiva: “La ciudad ha tenido tres días de alegría sana y elevada. La belleza ha puesto sobre la ciudad su ropaje brillante y azul. Muerto ya el africanismo de nuestros combates de agua y de harina, de anilinas y polvos asquerosos…”.

En febrero de 1922, la revista Mundial cumplió una promesa singular: trajo a una estrella internacional para celebrar el Carnaval de Lima. Me refiero, ni más ni menos, que a la gran bailarina española Tórtola Valencia, muy famosa entonces, aunque poco conocida ahora. No solo fue la creadora de sus propios bailes, sino que también diseñó sus trajes y escenografías.

Sus datos biográficos son algo confusos, pues ella misma se encargó de entreverarlos: algunas veces decía ser familiar del pintor Francisco de Goya; otras, afirmaba ser simplemente una gitana; e incluso contó haber sido raptada por el descendiente de un inca, un tal “Manco Cápac”, quien casi la sacrifica, pero quedó rendido ante ella al verla bailar.
La intención de la revista era coronar, con la presencia de esta estrella, la reforma de los carnavales limeños y convertirlos en “delicadas fiestas de alegría y belleza”. Y así fue. Aprovecharon que la artista, descrita con carnes de “ágata rosa” y “miríficos ojos”, se encontraba en una larga gira de tres años por América, auspiciada, ni más ni menos, que por la reina consorte Victoria Eugenia. En Lima, su imagen y figura fascinaron a intelectuales como Mariátegui o Valdelomar.


Cuando llegó el día del carnaval, pasearon a Tórtola por la ciudad, en el corso del primer día, sobre un camello que había sido prestado por el Jardín Zoológico de Lima, el cual se encontraba entonces en lo que hoy es el Parque de la Exposición. Siguió a Tórtola, a decir de un cronista, “un cortejo de caballeros disfrazados de beduinos”, y así los limeños tuvieron “ante sí un bello cuadro de la Arabia fragorosa”, aunque otro periodista diría que el espectáculo, más bien, los transportó a “la India, lejana y remota, todo fantasía, negrura y misterio”.
El corso debió de seguir por el Paseo Colón y llegó hasta la plaza Bolognesi, donde, sobre un tablado ubicado cerca del monumento al héroe de Arica, la “genial danzarina de los pies desnudos”, Tórtola Valencia, deleitó a los limeños bailando “La danza hindú”, del compositor inglés Granville Bantock.

Este episodio simbolizó el nuevo rostro del carnaval: moderno, mediático y convertido en espectáculo urbano. La antigua fiesta de agua y excesos se había transformado en una celebración institucionalizada y atractiva para el público masivo. En 1925, la bailarina volvió al Perú para presentar su “Danza arcaica guerrera del Perú”, que se estrenó ese mismo año en el Teatro Forero (actual Teatro Municipal), junto al maestro Daniel Alomía Robles.
¿Con ganas de conocer más sobre Lima mientras caminas por el Centro Histórico de Lima? Solo contáctanos, que en Arte Lima tenemos experiencias llenas de historia y emoción para ti. Puedes consultar nuestras propuestas de walkingtours en Lima creadas para gente como tú.
Fuentes
Cisneros, A. (1997). El libro del buen salvaje. Peisa.
Planas, P. (2025, abril 30). Tórtola Valencia, la mujer que bailaba con camellos. El Comercio. https://elcomercio.pe/eldominical/actualidad/tortola-valencia-en-el-mali-la-mujer-que-bailaba-con-camellos-fotografia-de-la-bailarina-espanola-en-el-museo-de-arte-de-lima-noticia/?ref=ecr
Pulgarcito. Semanario ilustrado de la Revista Mundial. (1922, marzo 10).
Revista Mundial. (1922, febrero 24). Mundial y los carnavales. Una iniciativa nuestra y un ministro amable.
Revista Mundial. (1922, marzo 3). La transformación de los carnavales.
Revista Mundial. (1922, marzo 10). Quienes han transformado el carnaval.
Rojas, R. (2005). Tiempos de carnaval: El ascenso de lo popular a la cultura nacional (Lima, 1822–1922). Instituto de Estudios Peruanos.